Pensamiento

El arte de transformar el duelo

Fecha: 14 de septiembre del 2025

Autor: Andrés W. Benítez G.

mohamed abdelghaffar

Partiendo de una experiencia cinematográfica que pude volver a ver, “Wakanda forever” llegó en un momento específico de mi vida y tras un diálogo amistoso surgió este tema, ¿ cómo superar a una persona o una situación que ha dejado marcas en el corazón?, quisiera enfocarme en los procesos generales que suceden ante una situación de este nivel, y por experiencia propia voy a dar una pequeña pincelada en el tema del duelo.

En todas las etapas de la vida podemos estar expuestos a momentos difíciles que nos llevan a vivir un duelo; esta palabra significa “dolor” o “combate”, y vista como un proceso requiere una comprensión que permite transitar sus estados no necesariamente secuenciales, que al no ser entendidos o trabajados por la persona pueden dejar huellas e impregnarse en hábitos y comportamientos fijos.

El duelo acontece cuando se percibe la pérdida de un bien que es preciado, sea un objeto, una persona, un momento, un trabajo, una relación, etc. A partir de ese instante la persona experimenta una serie de mecanismos neurobiológicos, cognitivos y conductuales que manifiestan tal pérdida. Sin embargo, el duelo no se limita a estas expresiones materiales: en lo profundo también moviliza la memoria afectiva, la libertad interior y la dimensión espiritual, que busca integrar el dolor en un horizonte de sentido, propósito  y trascendencia.

La negación, como mecanismo de defensa, busca reducir temporalmente el nivel del dolor; luego aparece la descarga emocional que transita por la tristeza, el enojo o la ira ante la pérdida. Posteriormente, la persona, en su libertad y conciencia, puede entrar en una fase de comprensión en la que descubre que el bien amado forma parte de su historia y no se pierde del todo. Finalmente, la aceptación no significa olvido, sino integración: se guarda en la memoria afectiva lo valioso, se sanan progresivamente las heridas, y se abre paso a una mirada trascendente donde el dolor se convierte en ocasión de madurez, de encuentro consigo mismo, con los demás y con Dios.

Se puede hacer una analogía: el duelo es como pulir una piedra de oro. Al inicio, cubierta de residuos, parece no traer ningún bien, e incluso puede ser una carga si se decide no atravesarlo. Sin embargo, la aventura comienza cuando se eleva la experiencia a la conciencia y se asume la tarea de limpiar, pulir y descubrir la belleza escondida en el hecho de haber amado y valorado profundamente. Este trabajo interior no solo embellece la memoria, sino que fortalece el espíritu y abre la posibilidad de compartir esa luz con quienes caminan a nuestro lado.

Es vital reconocer que muchos llevamos heridas y duelos sin resolver, piedras preciosas que aguardan tiempo, paciencia y amor para ser restauradas y colocadas en las estanterías del corazón, no como peso, sino como tesoro.

Y tú, ¿has comenzado a pulir tus propias piedras y descubrir la riqueza que encierran tus pérdidas?